Él me llama chata. Hace falta valor…
Me dice rubita y me puso Almudena de segundo. Así, sin preguntar. 
Mi padre no necesita este post. Ya sabe lo que voy a escribir. Pero me importa un carajo porque lo voy a escribir igualmente. Y eso también lo sabe. Porque soy como él. Esas cosas maravillosas que tiene la genética. Porque si pudiera elegir a quien parecerme, pediría las piernas de Marlene Dietritch y la forma de ser de mi padre. Ya ven. Qué cosas… El de ahí arriba se olvidó las piernas.
Epístolas, Penumbras… Y la lámina de una venus a carboncillo enmarcada en la entrada de la otra casa. Ése es él. 
Los cuentos de un libro heredado y la paella de los domingos. Sin marisco, por favor. La manga larga y el pantalón corto. El pañuelo en el bolsillo de la chaqueta. Las palmeritas de hojaldre. Los papeles de la mesilla. Los recopilatorios de verano. El huevo Kinder de los sábados. Trois baguette. El mando de la tele en la siesta y muchos, muchos relojes. La jarra de agua en el porche. Los DVD, la cámara de fotos y la minicadena. Mamá, no toques. Los juramentos montando el carro de la cocina y los discursos en nuestras bodas. Los vestidos de Bruselas. La muñeca grande y negra. Los castillos y princesas que me dibujaba los domingos, las coletas que me hacía flojas y aquel partido de tenis que me vino a ver. No crean, sólo vino a uno porque nunca jugué mas. 
De mi padre me han tocado el carácter y la prosa. Los ratos en modo caracolito. Hablar a la velocidad de la luz y la frente despejada.
Mi padre me ha enseñado que siendo honrado se duerme mejor, que hay que acabar lo que se empieza y que las rayas y los cuadros combinan perfectamente. Que una sonrisa conquista con más facilidad que una orden y que, a pesar de todo, el vaso siempre está medio lleno. Que no debo confiarme en el segundo trimestre, que ser actor de reparto mola y que las patatas de bolsa con ketchup son un vicio divino. Que las lágrimas son de uno mismo y no hace falta compartirlas, que el amor bien elegido no caduca y que la paciencia es algo que se ejercita a las 8pm en una esquina de la Gran Vía.
Él me animó a empezar y me obligó a acabar, me dejó marchar y me vio volver. Me ayudó a cumplir los sueños que un día también fueron los suyos. Y yo los cumplí por mí y por él. Dejó que me equivocara porque sabía que esa es mi manera de aprender. Qué bien me conoces, terrassa.
Supongo que para ustedes ahora mismo es como si escribiera en sánscrito… Discúlpenme si hay algo que no entienden. Hoy escribo en un dialecto que sólo mi padre entiende. No en vano, nos ha costado más de 34 años perfeccionarlo. Y aún estamos en ello.