Hace poco me invitaron a un evento para bloggers de moda. Ya ven. Alguien debió hacerse un lío con la convocatoria, pero yo, que estoy muy bien educadita, asistí… Una tiene blog y escribe con la frecuencia con la que buenamente puede, y pensé que nunca está de más aprender, aunque no estoy muy segura de pertenecer a este selectísimo club de fashionistas. 
El caso es que allí me tienen ustedes, muy atenta y un poco desubicada.
A ver si me explico. Servidora habla de lo que le sale de la punta del moño, de lo que le gusta y de lo que no, procura no faltar al respeto a nadie y no dejarse influenciar por nada. Ni se me pasa por la cabeza colgar una foto mía y resulta que, ni me importa demasiado que medio millón de mujeres aprueben mi estilo en cada post, ni necesito piropear a una media de 43 bloggers casi diariamente para que me devuelvan el cumplido. Seguro que ahora entienden mejor mi descoloque…
No creo que lean ustedes este blog para ver qué me he puesto esta mañana y mucho menos para que les mienta luciendo tacón de 12cm cuando, en realidad, ese día voy en deportivas… Hale, ya lo he dicho. Como siempre. Haciendo amigas…
Aquí es todo de verdad. No malgasto un sábado en calzarme siete modelitos distintos y hacerme fotos delante de la persiana echada de la pescadería para ir mostrándoselos uno a uno cada día de la semana haciéndoles creer que soy así de ideal cuando cojo el metro a las 8 de la mañana. Porque eso no es cierto.
Nadie más que yo misma financia esta aventura, así que tengo la suerte de no tener que decir lo bonitos que son esos zapatos y lo súper cool que es tal restaurante si realmente no lo pienso así. La única marca que hay detrás de este blog es la mía propia. Siempre he pensado que eso es lo que da credibilidad a lo que escribo.
No tengo que llegar a un número mínimo de lectores para que la firma de turno me ingrese la comisión, nunca me forraré con esto. Nunca ha sido la intención. No tengo interés en halagar ni en vilipendiar a nadie, sólo escribo lo que me gustaría leer. Verdades. Perdón. Mis verdades.
                        
La mesa de mi escritorio no tiene peonías recién cortadas ni brillantina estratégicamente esparcida, no me he preocupado en escoger de manera coordinada el bolígrafo, la agenda, el posavasos y la grapadora (de hecho no tengo ni posavasos ni grapadora)… Pero me van a permitir que diga en alto que creo que las mesas de aquellas bloggers sentadas a mi lado, tampoco. 
La diferencia es que a mí no me importa admitirlo, yo vivo en el mundo real en el que me pongo todo lo guapa que puedo cada mañana con más o menos fortuna, leo el Vogue por encima y me la trae al pairo lo que se ponga Paula Echevarría. No leo otros blogs y me molesta que me mientan. Pero supongo que esto último no es sólo cosa mía.
Ahora me dirijo a ellas: bloggers del mundo, son ustedes una fuerza en alza, pero si siguen por este camino me temo que están ustedes condenadas al descrédito más absoluto. La fuerza de ustedes reside en la naturalidad, en la espontaneidad, en la sinceridad… Que son todas las cosas que están perdiendo. La suya de ustedes es una opinión libre de influencias y ahí está la gracia… En esa verdad.
Si fotografían sus looks una vez a la semana, si asisten a saraos a cambio de posts, si incluyen publicidad en sus publicaciones… El tema cambia. Mucho. Están ustedes balanceándose sobre la delgada línea que existe entre ser un influencer de verdad y una aspirante a…. A nada.

Les pido por favor que sigan fotografíandose, pero que lo hagan después del trabajo o antes de salir de casa, que recomienden restaurantes que realmente hayan probado y que ensalcen firmas que forman parte de su verdadero armario. Es más difícil, por supuesto, pero ahí está la gracia.
Dar opiniones libres no significa tener razón, pero tiene muchísimo más interés.