Hace unos días que ha vuelto a pasarme. No aprendo. Me caliento, empiezo a venirme arriba y me monto el cuento de la lechera en menos de nada. Y dice mi madre que ya no tengo edad para estas cosas… Me pone mala que la mujer tenga razón.
El tema es que, con estos derrapes raros que tiene la vida, aterricé el sábado en un encuentro blogger de los que molan, en los que hay tertulias, mesas redondas, charletas, talleres y demás exposiciones de sabiduría 2.0. Con colaboradores archiconocidos y aforo a reventar. Plas, plas, plas. Dedicatoria en el libro y patrocinadores de primera especial. En palacio de alto copete y con fiesta, petardeo, cocktail, photocall y copitas de champán. Y yo, allí, escuchando a ver si se me pegaba algo. Fotos por aquí, fotos por allá… Muy mona, no crean. En internet piloto poco, pero en tacones de aguja no me gana nadie.

Les escuchaba uno a uno, y con todo me iba viniendo arriba llena de ideas que aplicar en esta bitácora fashionista que les escribo. Lo estaba viendo. Aquí mi blog iba a ser un éxito con una repercusión viral sólo equiparable al bulo de Ricky Martin, el perro y la mermelada, se acuerdan? No iba a existir el ente con ojos (y 3G) que no visitara mi página. Chiara Ferragni iba a hacerme los recados. Gala González me llevaría las maletas… Lo estaba viendo.
Y es que a mí se me anima con nada. Y me hago líos con la misma facilidad. Que digo yo, que para qué quiero yo que pase por aquí todo bicho viviente? Pues para nada. Que yo no soy ninguna estrella, que mi blog es de los de leer, y eso da para atrás.

Que lo mío son los tocados y los vestidos de alta costura, no dar envidia a las masas con mi trolley de Vuitton yendo de Coachella a la gala del Met. Que no. Que para eso hay que empezar con las fotos de una misma delante de la persiana de la pescadería, y ya les he dicho a ustedes cienes y cienes de veces que por ahí no paso. Que, además, ya puestos, no quiero que me patrocine nadie, que todo este tinglado era para contarles a ustedes mis desvaríos sobre moda, lifestyle y lo que me ilumine la bombilla, así, sin buscar nada más.

Pero, por otra parte, una también quiere ser una ponente molongui de ésas a las que les ponen micro y habla de su éxito. Lo admito. Ahora no voy a ir de discreta.
Ningún editor arañará mi puerta rogándome de rodillas y con lágrimas en los ojos que escriba un libro con él, pero la verdad es que me haría ilusión. El éxito, ya saben, eso con lo que se sueña, aunque no se admita.