De nombre Victoria, para mí es Vicky desde hace algunas semanas. Es lo que tienen un ramo de rosas blancas y una botella de cava de una bodega familiar… Que unen mucho.

La primera cita fue a ciegas, vino por algo parecido a un compromiso y sin demasiadas esperanzas, pero algo pasó porque ella quiso volver y yo recé para que volviera.

Ella no quería casarse, no quería un vestido de novia, no quería que lloviera… Y se casó como  una princesa de cuento bajo este sirimiri tan nuestro. No hubo masía pero hubo otros milagros mucho mejores.

No quiso cortarse el pelo por pura rebeldía, imaginó unos zapatos rosas que misteriosamente mutaron en malvas, casi olvida su corona de flores y entró a la ceremonia abrazando a diestro y siniestro. Es o no es maravillosa?

Su vestido en crepe, tul y plumetti fue un enamoramiento progresivo, el lazo verde botella de la cintura y los últimos seis metros de puntitos se encargaron de quitarle el sueño alguna noche… Pero mereció la pena. Me lo ha dicho y yo lo sé. Porque se le ve en la cara. No hace falta conocerle para eso.

Mil gracias Vicky por dejarme estar ahí contigo, por los guiños, las pruebas y la terapia. Por cuidar a mi ángel de la guardia y por ese día en el que sonó el timbre y, sí, fueron flores. Fotos: Carla Bonnet