Me gusta. De hecho, me encanta. Básicamente, me rechifla. Y si no me lo dicen, lo pido. Qué leches. Me lo merezco.
Llámenme lo que quieran. Me da lo mismo. Un piropo a tiempo es la mejor de las terapias. No estoy segura de si la OMS se ha pronunciado a este respecto, pero, yo que soy así de chula, me atrevo a afirmar sin pudor que en pequeñas y repetidas dosis, aumenta la autoestima, el buen humor y la seguridad en una misma. Riánse del Prozac. Para esto no hace falta mendigar recetas.
No me digan que alguna vez no han cambiado el rumbo para probar suerte con la creatividad literaria de los obreros de la acera de enfrente. Yo sí. Un clásico, aunque en extinción, lamentablemente. Si tienen la inmensa suerte de encontrar un peón inspirado, no miren al infinito y finjan no haber oído, hagan el favor de darse la vuelta y den las gracias!

Recuerdo, hace más años de los que me gustaría, pasar delante de la Comandancia de Marina hasta cuatro veces en media hora con la excusa de estar paseando al perro, bajo la atenta mirada del pobre  centinela uniformado que, tieso como una vela junto a la bandera, me piropeaba desde el balcón, fusil en ristre. Vamos a ver, que aquel pobre lo que estaba era aburrido, pero yo era la mujer más feliz del mundo.
Hace algún tiempo, trabajando en compañía, se acercó un caballero a saludar. Preguntamos si podíamos ayudarle y nos contestó, charming hasta el extremo, que no hacía falta. Que le habían dicho que había dos chicas muy guapas trabajando allí y había decidido ir a ver. Como comprenderán, el resto de la jornada, servidora se sintió mucho más alta, más guapa y hasta con los ojitos más verdes.
En mi vida por los Madriles, asistí a una fiesta llena de apellidos compuestos e hijos-de. Bailaba por allí la flor y la nata de la sociedad capitalera, incluyendo famosas redactoras de moda de revistas de canto gordo. Una de ellas se acercó al grupo en el que estaba ésta que escribe y preguntó por mi vestido, felicitándome por el outfit. Éxtasis. Y además gratis.
Y es que los piropos no siempre tienen que venir desde el sexo opuesto para resultar efectivos. No va el tema (siempre) de coqueteo, sino de reconocimiento. De agradecimiento.

Reconocer el trabajo ajeno, el esfuerzo del de enfrente, la belleza de quien sea. Son la envidia y la vergüenza los únicos que nos separan de esta sensación tan placentera de piropear y ser piropeado. Una lástima. Una lástima también ir de dign@s por la vida y hacer como quien no oye cuando alguien se molesta en alabarnos… Oigan, que si les sobran a ustedes los piropos, repartan.
No me entiendan mal, no se trata de mentir y adular, sino de agradecer y motivar. 
Hace unos días, me paró una mujer por la calle, alta, estilosa, no la conocía de nada, pensé que iba a decirme que se me había caído algo (muy yo), y, para mi sorpresa, me dio la enhorabuena por el blog. Saben ustedes el chute de energía que supuso para servidora? Ni se lo imaginan… Pero fui tan tonta que no supe reaccionar y darle las gracias como es debido, así que, si me está usted leyendo: GRACIAS, GRACIAS y GRACIAS.

No me voy a poner filosófica porque no es mi estilo, pero lo que sí les digo es que si para cuando acabe el día de hoy nadie me ha soltado  un piropo en condiciones y con energía, seré yo misma la que vaya al espejo y me exija “dime algo bonito”.