No saben ustedes el miedo que me da. Lo fácil que es cruzar la finísima línea que separa lo exquisito de lo hortera de bolera. Ese sutil matiz que convierte a una novia de aire campestre y victoriano con una ninfa del bosque al más puro estilo Disney. Riánse ustedes de Vaitiare.
Lo de la corona de flores mola, aunque el hecho de que esté de moda no ayuda. Vaticino una legión de octogenarias enseñando su foto de boda en modo hada primaveral dentro de sesenta años. Y todas con trenza, claro. 
Señoras, que ni yo ni nadie les quite su idea de la cabeza. Vaya eso por delante, pero sean conscientes de que ésta también es una moda que pasará y que es bastante probable que dentro de veinte años recen ustedes eso de “en qué estaría yo pensando” igual que sus madres de ustedes con las mangas farol y los volantes de encaje. Igual, igual.
Ya puestos en la tesitura floral, tengan ustedes en cuenta que la corona es ideal, pero que además, lo más probable, es que lleven un ramo. Ya ven. No son ustedes capaces de mantener con vida el ficus del salón (me incluyo) y el día de su boda van a ser una explosión de vegetación. Estas cosas que tienen las bodas…
Lo lógico sería pensar en que ambos elementos siguieran una misma línea, sean conscientes que con toda esa flor, el vestido pasará a un segundo plano, al menos en el momento entrada/pasillo/lágrima. Miren ustedes rápido las fotos que les enseño hoy (todas de bodas americanas, of course) y díganme cómo eran los vestidos. Ni idea. Yo también he tenido que volver a mirar. 

Pónganse ustedes lo que les salga del invernadero, faltaría más, pero visualicen el conjunto primero. Más vale una reflexión a tiempo que un arrepentimiento tardío.