Dicen que es como montar en bicicleta, que no se olvida, pero no estoy yo tan segura. Pensar en volver a salir de fiesta me eriza la piel y hace que confluyan en mí sentimientos encontrados: ilusión de quinceañera y pereza de oso. De oso despeinado hibernando en madriguera con manta, pantalón de chándal de marido y peli. Sí señoras, a veces me dejo el glamour y los tacones en el felpudo de casa. 
Lo que no es negociable en ningún caso es el plantearse no volver a gastar una noche de parranda de vez en cuando. Y me da los mismo si es en formato cena de madres de la parada o petardeo con amigas de la infancia. El caso es salir a darlo todo. 

Uno de los dramas principales a la hora de hacer incursiones nocturnas, más allá de la logística propia de aquellas de ustedes que sean madres, es el omnipresente y qué me pongo yo ahora? No problemo. Las opciones son múltiples y variadas, pero hoy apostamos por una que funciona siempre, eso sí, con manual de uso: el lentejuelismo.
Nací con alma de urraca, y, como todo, con los años va a peor, pero no me preocupa demasiado. Para empezar la lección de hoy, niñas, lo primero es no volver a pronunciar nunca jamás la palabra lentejuela. A partir de ahora lo van a llamar ustedes paillette. Y luego se colocan el pelo muy monamente detrás de la oreja. O sea.
Lo bueno del brillo es que nos vale cualquier formato. Alto. Un momentito. Corrijo. Cualquiera no. Lo del vestido minifaldero de tirantes sembradito de brillismos sólo vale si tienen ustedes al menos media docena de discos de platino y se llaman JLo. En caso contrario, aborten misión minivestido cegador. Es por temas de seguridad ciudadana…
Si les pasa a ustedes como a mí, tendrán tiempo suficiente entre el planteamiento de la quedada y el plan en sí como para poder ir de tiendas. Varias veces. Y para hacer un curso de ruso en 6000 palabras. Cuanto más mayor, más tiempo necesito para la preparación psicológica farrera. Si a alguien se le ocurre avisar con menos de dos semanas de antelación, servidora cortocircuita.

Pues eso, que aprovechan ustedes una tarde tonta y se van de compras y arrasan con alguna prenda brillante. Nos da lo mismo si pantalón, chaqueta, falda o faja. En eso, ustedes mismas. Tampoco importa si low cost o deluxe, ahí ya , como ustedes prefieran. 
Lo primero que tienen que hacer ustedes cuando se calcen los brillos, es olvidarse de ellos. Combinen como si se hubieran embutido en unos vaqueros. Eliminen de su mente gasas, brocados, toreritas y otros engendros. No vamos de boda. Vamos a darlo todo aunque no nos suene ni una canción.

Como compañeros de viaje más que acertados, apunten camisetas con mensaje no demasiado repegadas, camisas blancas no elásticas, o prendas de punto sultecitas. Más vale un buen escote que una morcilla apretada. Tatuénse esto a fuego. Lo digo en serio.
Vamos con los tacones. No hay noche memorable sin acabar descalza, así que, teniendo esta máxima bien presente, resígnense, súbanse al andamio y disfruten de las vistas. Más altas, con la piernas más largas y con el culo más arriba. En serio necesitan más razones?
El caso es normalizar el paillette, darle a un look normal un aire festivalero. Arriesguen señoras, sin apuesta no hay ganancia.