Se acerca peligrosamente. Sigilosa e implacablemente. No me lo diga, no sabe usted si alegrarse o echarse a llorar. Es una mezcla entre miedo y emoción, pereza y ganas… Cada año el mismo drama: la cena de empresa. Las mismas caras de siempre pero sustituyendo la fotocopiadora por el plato de gambas…
Puede parecer algo superficial, pero no. Nada más lejos. Dónde sentarse, junto a quién, qué ponerse… Game of thrones tiene menos estrategia acumulada en cuatro temporadas.
Primer dilema. Qué me pongo? Una cena de Navidad inspira brillismos y aderezos varios, eso es así por muy minimal que sea una. Es empezar a emitirse el anuncio de la lotería y entrarnos unas ganas irrefrenables de plantarnos las lentejuelas a granel hasta para sacar al perro. Se va a enterar Elie Saab de lo que es un traje de fiesta…
El caso es que aparecer enfundada en un vestido de tules, encajes y demás maravillas no se considera apropiado a no ser que quiera usted que le transformen en la mascota de la velada… Dicho esto, seamos comedidas. Eso no quiere decir que opte usted por vaqueros y camiseta de rayas. Hombre, hágame el favor… Aunque sea con su jefe, está usted de celebración.
Sólo un par de prohibiciones más: si es usted caballero,  elimine de su cabeza la idea de la corbata de amago de seda con árbol navideño. De verdad, se agradece la intención, pero no. Si es usted una dama, conténgase. Rara vez la combinación pendiente-XL/maquillaje-con-purpurina/espumillón-plateado-al-cuello resulta mínimamente elegante. Y si además se lo ha puesto usted a las 8am para ir directa a la cena al salir… Escalofríos recorren mi espalda.
Segundo trance. Dónde me siento? Son pocas las empresas que asignan los sitios en estas cenas, así que le tocará a usted jugar a las sillas. Es uno de los momentos más tensos del evento. Si entra demasiado pronto y se sienta arrastrando con usted a los conocidos, pecará usted de ansiosa y se le verá el plumero. Si espera a que entren demasiados compañeros, le veo a usted e la esquina de los becarios. Buena gente… Pero poco influyentes. Procure entrar con el grueso de la comitiva, sentarse no demasiado cerca de las esquinas y no demasiado lejos del jefe. Estamos de cena… De trabajo.
Una última recomendación, aléjese de la secretaria supermotivada que ha decidido aparecer con una cornamenta de alce de fieltro adornada con luces que parpadean de manera epiléptica. Eso no puede acabar bien.
Tercer trance. Bebo vino, cuánto? Si hay un Grinch capaz de mandar al carajo toda la estrategia anterior es esa última copa. La que no se debe tomar. En todas las empresas hay una historia de uno que bebió como los peces del villancico y acabó muy malamente queriendo bailar la lambada con el director general. Normalmente no llegó usted a conocer al colega en cuestión porque, sorprendentemente, ya no está en la empresa…
Nadie quiere ser ese tío. Beba, coma, baile y váyase a casa. Me permito recordarle que el lunes tiene usted que volver a ver al presidente y en ese momento no sonará Enrique Iglesias de fondo. 

Dicho todo esto, debo admitir que me encantan las cenas de empresa.  Eso sí, si hubo algún momento concreto en el que se desarrolló la prevención de riesgos laborales, estoy segura de que fue en una de éstas.