Lo oyen? Ta-da… Ta-da… La angustiosa banda sonora de Tiburón (o la de Psicosis, eso ya, cada una que elija…) resuena cada vez con más intensidad desde el fondo del armario. Viene a por mí, quiere acabar conmigo…
Pues vale. Que venga. Que aquí lo estoy esperando. Sentada en mi sofá orejero mientras levanto la ceja derecha y acaricio un maligno gato siamés en la penumbra. Con los treinta y pico veranos que gasto, no está el tema como para andarme con pánicos estivales.
Señor bikini, adelante, siéntese usted aquí un ratito que le voy a decir unas cositas…
Si le soy sincera, nunca me ha gustado usted demasiado. Tengo presente que yo tampoco soy santo de su devoción. Media vida metiendo tripa y la otra media intentando posturas anti-pliegues. Ya se ha llevado usted demasiadas horas de penitencia.
Así, de salida, ir a comprar un congénere suyo ya es una tortura en toda regla. Guantánamo? Tienen mucho que aprender… Verse dentro del micro-probador modelo chiringuito milrayas de El Corte Inglés (después de hacer media hora de cola), reflejada en el espejo, calcetines included, con ese bello bronceado que se luce allá por mayo… Eso es una tortura.
Con el tanga color visón asomando por debajo de la braguita brasileña naranja fosforita, la media docena de etiquetas redobladas saliendo disparadas entre el brazo y la costilla, y la alarma clavándose en el hueso de la cadera… Hay percebeiras que lucen bastante más sexis…

Señor dospiezas, nunca me ha gustado lucir ombligo. Ya ve, manías. Y, sino me gustaba a los veinte, no hace falta ser un lumbreras de la evolución para adivinar que, a estas alturas de la película, todavía menos. Me niego a tener que volver a meter tripa hasta volverme morada cada vez que tengo que levantarme de la hamaca, que darme crema, que sacar una revista del capazo o que pasar lista de familiares en la orilla. Que no. Que ya no.
Seré rara, no le digo yo que no, pero es que a mí, cuando me doblo, me salen lorcitas. Dale. Sin eufemismos. Lorzas en todo su esplendor, vaya (reconocer esto duele un poco… Con lo que una ha sido…). Ya ve usted hasta qué niveles estratosféricos llega mi imperfección.

No me pregunte si he llegado a este punto por culpa de dos cesáreas, de los regalices rojos, de la edad o del vermut de los domingos, porque no lo tengo claro. El caso es que no diré que estoy orgullosa de mi protuberancia abdominal, que una ciega tampoco es que sea, pero espere usted sentado si piensa que me avergüenzo o que renunciaré a alguna de mis rutinas extra-alimentarias para darle a usted el gusto. Que no, que no y que no.

Si cree que me pasaré el resto de los veranos de mi vida sin respirar, tampoco acierta. 

Dramas, los justos, así que lamento comunicarle que está usted nominado, expulsado y, además, no tiene derecho a portada de Interviú. Rian de rian.

Me paso al bañador. A las siestas en la hamaca sin miedo a perder la compostura. Al sombrero de ala ancha y a las mega gafas de sol. Al martini con doble aceituna y a la toalla de felpa gorda sobre la cubierta de un yate… (Lo admito, me he venido arriba con lo del yate…) 
Dejo atrás los triángulos y las cortinillas, las cuerditas-tirante que se clavan en el cuello, las chancletas de goma con bandera brasileña, las pulseritas arcoiris a lo Paulina, el pedaló, el aceite de zanahoria y el frigopié del chiringuito. Será que me hago mayor…
O será que me importa tirando a poco lo que se lleve o deje de llevarse, porque lo que quiero es estar preciosa. Todo el rato.