No estoy segura de por qué pero últimamente al mundo le ha entrado la fea manía de meterse a organizar algo tan privado y personal como los armarios de los calcetines ajenos. Y, perdónenme, pero mis calcetines son míos. 
A veces tengo la sorprendente sensación de que algunas cejas se levantan, categóricamente desaprobadoras, cuando digo que tengo dos calcetines. Y, saben?, me importa exactamente un carajo.
Antes de ser madre, servidora era una fan de los tacones de aguja, de las revistas de canto gordo, me hacía la manicura en el sitio más in un par de veces al mes, salía a comer con amigas dos días por semana, cenaba fuera con Mr todos los viernes, me iba de fin de semana de chicas de vez en cuando y viajaba todo lo que podía. Y ahora también. Es más difícil, pero lo hago.
Supongo que eso me hace ser una mala madre de manual. Querer seguir teniendo mi vida. Eso, que aún no sé manejar la olla exprés y que no me sé de memoria las dosis de apiretal. No me gusta ir al parque y les doy chocolate cuando se reviran para calmarles. Lo sé, acabarán siendo unos inadaptados, unos despojos de la sociedad, nunca se realizarán como personas y toda la culpa será mía.
Por no haber ido cada tarde a la salida del cole a recogerles, por haberles dado biberón, por no haber bordado a punto de cruz personalmente su nombre en el baby, por haber elegido dos cesáreas, por trabajar todo el día todos los días, por las frutas de bote, por el tiempo para mí… Por esto y tantas otras cosas horribles, por todo, soy lo peor.
No sé por qué hay mujeres que cambian. Y mucho menos entiendo por qué creen destilan un aire de superioridad maternal. Saben qué? Que yo sigo siendo yo. Mala. Y egoísta. Muy egoísta. Hago lo que quiero y mis calcetines son míos. 
El caso es que estoy muy tranquila. Saben por qué? Porque una servidora, a día de hoy, es media de liguero, pero una vez fue calcetín. Y creo que no me ha ido tan mal.
Mi cuerpo tendrá que acompañarme, si todo va bien, muchos años más, así que quiero que siga gustándome. He hecho y haré lo que sea necesario para ello. Quiero enseñarles eso a mis hijos. 
Espero que dentro de 30 años, cuando vuelva a vivir sola con Mr, él me reconozca. No se enamoró de una madre, se enamoró de mí. Quiero seguir haciéndolo hasta entonces siendo yo, y en todas las nuevas facetas en las que tenga que conocerme. Y quiero que mis hijos aprendan eso. 
Mi trabajo, además de ser una forma de ganarme la vida, es mi mayor afición, es lo que me hace sentirme activa, creativa, poderosa… Que el trabajo te llene de semejante manera es una suerte que espero que mis hijos tengan también.
Si esto es lo que deseo para ellos, por qué debería renunciar yo a ello? Por qué hay mujeres que no entienden que esto es absolutamente compatible con educar de forma “responsable”?
Pónganme verde, no me importa. Perdónenme, pero mi armario de los calcetines, me lo ordeno yo.