Cuando Pati entró por la puerta del atelier recé bajito para que me eligiera para hacer su vestido de novia. Seguro que ustedes lo entienden; es preciosa, educadísima, dulce, tranquila, elegante, sonriente… Y habla bajito.
Sólo nos separaban 5588,52 km de nada, dos vuelos con escala, otro continente y 3 husos horarios.

Una primera visita y unos cuantos mails tranquilizadores fueron la clave para conectar y hacer un vestido maravilloso.
Un cuerpo en crepe de seda y una falda en tul. El cinturón más sencillo de la historia, unas mangas cuajaditas de botones y una de las novias más Sophie et voilà! de la historia del atelier.
Recuerdo con cariño una de las últimas pruebas, muy cercana a la boda… Mi estilosísima novia apareció en el atelier vestida de verano, una falda pareo y un moño casero; uno de esos que se improvisa cuando se vuelve de la playa… Estaba ideal hasta con eso.

 

Le acomodé el vestido, lo até y se miró al espejo… “Ay Sofi! No sé… Hay algo que no…” Crisis. Nervios. Habíamos probado días antes y todo era perfecto… Ok, creo que ya lo tengo… “Pati, puedo enredar?” “Sí, claro!” Le solté el recogido y le hice una trenza con mis negadas aptitudes de peluquera. Respiró y sonrió. “Ahora sí“.

 

Las uñas: rojas como siempre, los zapatos: de pitón con personalidad, el velo: antiguo y prestado, el tocado: con pistilos de color acero, la novia: impecable y perfecta, la diseñadora: feliz.

 

Me van a disculpar, es una de esas veces en las que tengo la sensación de que cualquier cosa que pueda contarles del vestido de Patricia, de su boda, de su madre y sus hermanas… No va a alcanzar el nivel de belleza de estas imágenes. Así que mejor me callo y pongo cara de emoticono con corazones en los ojos.
Mil gracias Pati por confiar en mí, por las fotos robadas desde tu luna de miel, por tu sonrisa permanente, por hacerlo tan fácil y por lo exquisita que luciste. Repetimos cuando quieras.
Fotografías de Happinés