Domingo tarde. Llueve, hace un frío del carajo y yo tengo un sofá, una manta y el mando de la tele. Se le puede pedir más a la vida? Pues sí. Un paquete de kleenex, porque lo que les voy a contar ahora es para llorar un rato largo.
En un alarde de aventura, me arriesgo con todo, y voy más allá del canal 8 con el mando. Siempre he sido un poco temeraria, ya ven. Que me gusta vivir al límite…
Después de un paseo por las locales que no se ven ni un pimiento y por los dibujos animados más feos del planeta, llego a un canal de esos que llaman femeninos. No es que tuviera intención de parar mi búsqueda allí, pero no tuve más remedio. Un flash cegador me hizo perder la visión momentáneamente, pasé miedo, volvía a mirar… Y, sí, aquello que me hipnotizaba desde la pantalla era un vestido de novia.
Muerta. Nunca había visto tanto brillo (chungo-plasticoso) junto. Una especie de pabellón industrial que albergaba un outlet de vestidos de novia en versión Gran Hermano. Un todo a 100 nupcial y yanqui. El beluga de la ordinariez. Despliego todos mis sentidos y me mantengo alerta…
En la fachada colgaba un cartel rosa muy inspirador en el que se leía “Bridepower“. Leerlo y venir a mi mente la imagen de dos novias rubias con aire de vikingas viviendo un momento pressing catch, fue todo uno. Aquello prometía. Cojo postura y abro mi libreta mental para apuntar. Oigan, una nunca sabe cuándo le va a llegar la inspiración…
Cientos de vestidos palabra de honor en bolsas de plástico y decenas de novias rebuscando con la ayuda de media docena de familiares con sobrepeso. Venga va, en serio?

Si algún insensato hubiera intentado cambiar de canal en ese momento, habría sufrido peores consecuencias que el novio de alguna de aquellas bárbaras después de la noche de bodas. Palabra. Aquel programa estaba sacando lo peor de mí…
No era tanto el formato del programa lo que me tenía pegada a la pantalla, sino los brillos centelleantes que emitían aquellos vestidos. Pero, alma de cántaro, en serio quieres casarte con eso?

A ver, aquí, la que escribe, tiene alma de urraca de toda la vida: es ver un brillo y subirme la tensión, pero aquello era una especie de sobredosis de una droga muy malamente adulterada. Trozos de plástico tamaño moneda de dos euros adornando una cadera de satén de poliéster bien drapeadita. 
Una lágrima asoma por el rabillo del ojo. Sé fuerte. Por fin lo entendía, aquello no era una novia, era una terrorista que pretendía arder a lo bonzo en la puerta de la iglesia. Todo cobraba sentido así… Sólo así…
Señoras, brillos sí, pero no de ésos. Por favor se lo pido. Si lo que pretenden ustedes es casarse y no activar una alarma antiterrorista, es mejor un vestido de pedrería que un aplique mal puesto.