La de María es otra de esas historias que empieza en un país lejano para acabar en otro más lejano todavía. De Gran Bretaña a Ecuador. Un historia feliz. Como ella. Como su madre, Alison, y como sus hermanas, Almudena y Lucía.
Un boceto y una larga charla fueron suficiente para que conectáramos. Abrir una de las cajas secretas del atelier y encontrar una blonda de chantilly traída en un viaje desde Nueva York, hizo la sonrisa de María aún más brillante. Lo teníamos.

 

Las uñas rojas y flores en el pelo. Más flores… Menos flores… Y unos zapatos verdes de ante. Fue tan fácil trabajar con ella… Un corte de pelo de última hora y una melena desenfadada y chic, como ella. A ti qué te parece? Ideal. Qué me va a parecer?
Una guirnalda de luces y unos meseros de flores. Algo más? Llamadas inesperadas que acabaron saliendo genial.

 

El vestido con base de crepe y muchos metros de gasa. Sólo un ruffle de encaje dando la vuelta al escote. El resto era ella. Porque de eso se trataba. De que María fuera ella. Porque a la gente que es guapa dentro y fuera hay que dejarle que brille sola.

 

Y así fueron sucediendo las pruebas, todo fácil, todo iba encajando de forma perfecta. Hasta el último día en el que la sonrisa de María ya no era de este mundo.

 

Algún disgusto por el camino, ausencias… Pero ni siquiera eso consiguió apagar a María. Era feliz. Antes, durante y después. Poco más puedo decir…
Gracias María por confiar desde la distancia, por la forma en que mirabas la percha al entrar en el atelier, por hacerme ver que ese vestido también fue tu amor. Gracias por la exquisitez con la que elegiste cada detalle y por la ilusión que entraba de tu mano por la puerta. Gracias.