Aránzazu, Aran, vive en Francia. Un poco al norte, aunque no recuerdo bien dónde… Pero es guipuzcoana y se le nota en el acento de algunas palabras que pronuncia muy rápido en euskera cuando habla con la amá.

Solía venir a las pruebas de su vestido de novia con ella, Berta, y con su cuñada. En su proceso hubo llamadas clandestinas, dudas bastante bien resueltas y mucha complicidad en unos meses en los que casi me ayudaron más ellas a mí que yo a ellas.

Aran vio uno de mis vestidos de novia por casualidad y se enamoró de él, el de Pati, y decidimos que lo adaptaríamos a su propio estilo, más urbano y sofisticado. Cambiamos el tul por el plumeti, rotocamos la forma del escote y añadimos detalles sutiles en puños y cintura, abrimos aún más la espalda… Et voilà!

Y así, entre viajes y visitas a la familia, fue como se construyó el vestido maravilloso de Aránzazu. Muy despacio y midiendo bien cada detalle, cada gesto.

De este vestido me quedo con el buen sabor de boca del abrazo que me dio la novia meses después de la boda cuando nos encontramos en un restaurante, porque su sonrisa me pareció aún más sincera y agradecida. Y eso, señoras, es esa parte de mi trabajo que nunca soy capaz de explicar.

Gracias Aran por confiar, por convencer a tu madre, por los Jimmy Choo maravillosos, por los besos y por los abrazos, por algún que otro agobio, por el estilizo de madre que tienes y, por supuesto, por las preciosísimas fotos de tu boda.

No puedo decir otra cosa que no sea que estabas preciosa. Aunque eso yo ya lo sabía…