Se llama Silvia y vive lejos, en un sitio donde hace frío y llueve. Casi como en casa. Pero, a pesar de la distancia, decidió aprovechar sus viajes de visita para que fuera yo quien diseñara su vestido de novia. Esas cosas que no se pueden explicar…

No tenía muy claro lo que quería pero en la primera visita al atelier nos entendimos muy bien las tres, ella, su madre y yo. Unas risas, un millón te tejidos y una idea en el aire… Gasa, tul, movimiento y sencillez.

Ah. Y una corona de flores. Eso lo tenía clarísimo y sería parte de su gran día. Seguro.

Con el paso de las pruebas hubo cambios. Algunos previstos y otros no. De escote, de tirantes y hasta de tejido, pero la sonrisa de Silvia no se borraba, y eso, me van a disculpar, es la pera pirulera.
Flores bordadas aquí y allá, unos botones en el cinturón y unas mangas estratégicas. Si es que a veces nos gusta complicarnos y no hay necesidad…
Me encantaba cuando hablaba de Max. Se le iluminaba la cara y hasta le sentaba mejor el vestido. Le gustará? Imposible que no lo haga… Estabas perfecta con ese toque entre naïf y campestre tan tú.
Que ni la lluvia ni el frío ni las rozaduras de los Jimmy Choo te quiten nunca la sonrisa Silvia.