Nos encanta decir lo graciosos que somos. Ole, ole, ole. La guasa que tenemos. Arriquitaun. Que nuestro humor es internacional, no como el inglés, que no le hace gracia a nadie… Pero sinceramente les digo que a mí me divierte tirando a poco. O a nada. Que no le pillo el punto, vaya.
El humor patrio oficial pasa por dos hermanos andaluces disfrazados de mujer maruja con rulos en bata de guatiné gritándose cada vez más alto. Y a más grito, más risa. Qué arte mi arma. Usted me chilla y yo me parto la caja. 
La única conclusión que soy capaz de sacar de esto es que yo debo ser de otro país, de otra raza o, definitivamente, de otro planeta, porque lo único que generan en mí es dolor de cabeza y cierto cabreo.
Me da pelín de vergüenza ajena pensar que hay colaboradores de grandes cadenas que creen que para hacerme reír tienen que ponerse a bailar en modo orangután de El Libro de la selva (versión desquiciada) cada noche en primetime. Riánse de Melodi. Ella, al menos, fue pionera (y el que la chiquilla fuera menor de edad también cuenta como atenuante). 
Lo que me desubica sobremanera es que el público se ríe y yo no entiendo el por qué. Les tratan de bobos para abajo, se cascan de la risa y aplauden como si cobraran por ello. Quién se ríe de quién?
Hay una cosa que tengo clara y es evidente: la rara soy yo. Y no crean, que servidora se ríe. Y mucho, pero con otras cosas.
Además de este no entender, a veces me da la sensación de que el deporte nacional pasa por reirse de alguien y no con alguien. Qué cosas tengo. De dónde habré sacado esta idea? Años y años de Videos de Primera atestiguan esta afirmación. Aquel colega que se patinó y aterrizó de bruces en el río del pueblo mientras una cabra enana le lamía la oreja, no creo que muriera de felicidad con la pirueta. Estoy casi segura. Aunque no tengo pruebas.
Mientras tanto, la península, Baleares y Canarias se ahogaban de la risa viendo a aquel hombre empapado y magullado. Y a todo esto, yo, aterrorizada. Ya les digo. Rara, rara, rara.
Por supuesto cada uno es libre de reirse de lo que le apetezca. Faltaría más. Es sólo que no entiendo,  ni comparto, ciertas clases de humor. No disfruto de la calamidad ajena ni me gusta que me traten como si fuera idiota. No me gustan las burlas, ni hacerlas, ni recibirlas y eso no tiene nada que ver con reirse de uno mismo, que, por cierto, es muy sano.

Yo me quedo con Gila, que en vez de gritar, llamaba por teléfono.